Para gran parte de la humanidad y especialmente para los Neoyorkinos hoy es un día de inmensa felicidad, pues se ha extinguido de la faz de la tierra Osama Bin Laden, ese maldito terrorista yihadista creador de Al Qaeda, una organización paramilitar planteada como un movimiento de resistencia islámica y de pensamientos y tendencias extremistas. Paradójicamente, es triste que alguien se alegre de la muerte de un semejante, pero es que dicho sujeto hijo de Lucifer que ha traído la desgracia de por vida a miles de familias, no se merece ni tan si quiera que lo llamemos de tal modo, pues una persona así, si es que se le puede atribuir la categoría de persona, está vacía, vacía totalmente de sentimientos, escrúpulos, emociones y gracias a Dios, hoy por hoy, está vacía de vida, pues uno recoge lo que siembra, por esto, con firmeza y sin que nos tiemble la voz recitamos alto y claro: púdrete en el infierno Osama, y esperamos que tu muerte haya servido para devolver algo de paz y justicia a aquellos familiares de las 3.000 almas que exterminaste el 11 de Septiembre de 2001, y a todas las demás a las que no dejaste continuar con su existencia.
Cambiando totalmente de tema, pasaremos a tratar otra de nuestras tantas experiencias desagradables. En este caso los protagonistas son: un “profesional de la hostelería”, responsable del servicio al público en una cafetería de un hospital y uno de nosotros.
Pasa a comentar este hecho el protagonista “universitariotoledano”: Puede que mi situación en el momento en que fui amablemente a pedir un café a la barra de la cafetería comentada con anterioridad no fuese la más adecuada ya que en ese momento mi falta de sueño alcanzaba un nivel casi astral, debido a que 36 horas sin dormir son necesariamente innecesarias. Dejando esto en un segundo plano, si yo me acerco a una barra cualquiera, de una cafetería cualquiera, no existe la necesidad imperiosa de que tenga que pedir expresamente un café, aunque parece ser que el “hostelero” citado anteriormente no compartía mi pensamiento, ya que nada mas acercarme al mostrador, el camarerucho de los cojones, con voz alta, exigente y acompañada por un movimiento armónico de golpeo brusco sobre la barra me pregunto “amablemente”: ¡¿qué café quieres?! (Dando por sentado que iba a pedir un sucedáneo de moca). Tras mi asombro por su reacción, le contesto en un tono completamente opuesto al suyo: un bombón. El camarerete aguantándome la mirada, sin parpadear y de forma algo tensa me contesta: no tengo. Sorprendentemente me encontré con la primera cafetería que no disponía de leche condensada, aunque no le di demasiada importancia por lo que decidí cambiar de elección y de nuevo cordialmente le solicite: pues un capuchinno. Y la respuesta de esta miserable chusma fue: tampoco tengo; mi paciencia en dicho instante llego a su apogeo y mi reacción fue equivalente a su comportamiento y vi necesario tranquilizar radicalmente al sujeto en cuestión propinando duramente un golpe seco sobre la misma barra y esbozando: ¡pues no quiero café! Mi inesperada reacción sorprendió al desprovisionado e incompetente hostelero e hizo sonreír a su compañero. Conclusión: primero quiero pedir perdón a todas aquellas personas presentes en ese momento que presenciaron dicha situación, ya que por un momento no se si atribuido a mi falta de sueño o mi impaciencia innata me puse a la altura de la plebe, contestando como lo hubiera hecho cualquier otro individuo de características similares a este hostelerillo nerviosete, sin aportar nada positivo a la sociedad. En segundo lugar, me gustaría hacer algunas reflexiones:
1-El hecho de ir a una cafetería no implica que vaya a querer obligatoriamente un putrefacto café.
2-Ya que obligadamente, para este hostelerucho, mi decisión debía ser la de tomar un café, al menos debería haber tenido la decencia de ponerme el café que yo quería y no el darme a elegir entre la escasa variedad que el ofrecía (café solo, con leche o leche con café).
3-Si trabajas cara al público:
a)no debes dejar que tus problemas personales influyan en tu forma de servir.
b)Si no eres agradable, al menos, cómprate una cara que no desagrade a los sentidos.
c)Si no sabes ser camarero dedícate a peinar calvos.
Perdonad por la parrafada pero estos días han dado mucho de sí, aunque lo anterior corresponda simplemente a unos minutos de nuestra vida diaria.
Para concluir este capítulo de “noctámbulo del estudiante” retomaremos al inmundo simio beta. Puede que seamos hipersensibles e hiperirritables en situaciones de desagrado, o que simplemente tengamos una concepción de desagrado distinta a la estandarizada pero, ¿qué nos dirías si una persona, por llamarlo de alguna manera, ajena a ti, tu entorno, tu vida, y que se encuentra en una habitación colindante a la que tu estás, comenzará a estilizar las leprosas uñas de sus zarpas de oso pardo con su vomitiva y deforme boca de cloaca? Porque no es placentero el estar haciéndote un café mientras “te deleitas” con el “dulce” sonido de sus podridos dientes de rata tuberculosa intentado arrancar sus inmensas y desaliñadas garras (o pezuñas en su caso, ya que estamos tratando con un fétido jabato apestoso) de ese muestrario de cinco micropenes flácidos que tiene por pie.
Déjale ese “privilegio” a una persona cualificada para ello como un cuidador de elefantes de zoológico o en su defecto utiliza un cortaúñas, hijo de puuuuuuta (insulto patrocinado por una amiga muy especial).
Martes 3 de abril de 2011, 2:31 a.m., “lo que se siembra se recoge” anónimo. “lo que se siembra se recoge, asique, puto gordo de mierda, recoge tus putas uñas” universitariostoledanos.





1 comentarios:
“lo que se siembra se recoge, asique, puto gordo de mierda, recoge tus putas uñas” jajajaja sois los mejores tio jajajaja
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